En los confines helados del norte, donde los vientos aúllan como lobos y el mar devora a los débiles, nació Erikus, hijo de la tormenta y heredero del acero. Desde su infancia, su destino no fue el de un simple hombre, sino el de un conquistador marcado por los dioses.
Creció entre batallas, forjando su espíritu en sangre y fuego. A la edad en que otros temen empuñar una espada, Erikus ya lideraba incursiones contra tierras lejanas, dejando tras de sí aldeas rendidas y enemigos que susurraban su nombre con terror. Su hacha, conocida como Rompejuramentos, jamás descansaba, y su mirada ardía con la furia de mil inviernos.
Los cielos rugían cuando marchaba a la guerra, pues se decía que el mismísimo Odín guiaba sus pasos. Ningún muro era lo suficientemente alto, ningún ejército lo bastante fuerte. Donde otros caían, Erikus avanzaba. Donde reinaba la duda, él imponía su voluntad.
No lucha por oro ni por gloria pasajera… lucha por legado. Por inscribir su nombre en los salones eternos del Valhalla, donde solo los más feroces son recordados. Sus enemigos lo llaman destructor. Sus aliados, rey.
Y así, mientras el mundo arde bajo el estruendo de la guerra, una verdad resuena entre los clanes: